viernes, 12 de octubre de 2007

FUNDAMENTO DE LA CULPA Y LA VERGUENZA

Eugenio dice:
Puedes ampliar el punto 9, para conocer más detalles.
Un abrazo desde Barcelona.
Eugenio Gavez


Estimado Eugenio:
Con esta respuesta no sólo pretendo satisfacer tu inquietud sobre el punto 9, (sentir culpa y vergüenza por mi equivocación, no es asumir el error. Es sufrir en la fantasía de compensar el error, para preservar la apariencia) sino que ensayé un articulo que se hace cargo de la mayoría de los puntos antes descriptos.
Muchas gracias por gatillar en mí esta posibilidad de expresarse.

FUNDAMENTO DE LA CULPA Y LA VERGUENZA


Un verdadero comienzo
La culpa y la vergüenza son fenómenos culturales fundados en el patriarcado y el paradigma de la “verdad trascendente”, es decir, en la noción de que existe una verdad con independencia del observador que somos cada uno de nosotros. Cuando estamos viviendo en el entendimiento de que hay una verdad objetiva, y por lo tanto una forma correcta de ser y hacer, rechazamos nuestros propios deseos, y preferencias, poniendo en el centro de nuestro hacer lo que debería ser.
Tradicionalmente la culpa surge cuando juzgo que lo que hago o hice, dañó a otro. Y la vergüenza surge cuando por mi hacer, o mi posible hacer, siento que puedo dañar mi autoimagen.

Inocencia apropiada
De niños, por no cumplir con expectativas ajenas, nos castigan con acciones que lejos de legitimarnos, son acciones de desamor, donde no somos “vistos” o tenidos en cuenta por aquellas personas en las que confiamos (padres, hermanos, maestros, etc.). Nos administran el amor de acuerdo a nuestros resultados, en la creencia de que eso es “lo correcto”. Te regalaré la bicicleta si te comportas bien en la escuela. No puedes jugar con tus amiguitos por una semana por que has traído calificaciones muy bajas en matemáticas.
Cuando hablo de amor, no estoy haciendo referencia a un sentimiento que tengo por el otro. Hablo del amor en términos de las acciones que lo definen. Detrás de la palabra amor (sustantivo), se esconde el fundamento del mismo, que es el amar (verbo). No hay amor sin amar. En el decir de Humberto Maturana, “el amor es la emocionalidad que fundamenta lo humano (…), es la emoción que constituye las acciones de aceptan al otro como un legitimo otro en la convivencia.(…) El amor no es un fenómeno biológico raro, ni especial, es un fenómeno biológico cotidiano” (*)
Al diferenciar al amor como un dominio que define las acciones donde el otro surge legítimo, hago referencia a una interrelación donde el otro no tiene, ni siente que quiere ser cambiado. Toda transformación se da en la espontaneidad de la convivencia, no como un intento de alguien por someter al otro en nombre de lo que debería ser.
Por ejemplo: 1er caso: Puede pasar que un papá sea medico y en la convivencia de una familia donde la medicina es parte de la cotidianidad, el niño aprenda en esa espontaneidad cotidiana a preferir la medicina como profesión a seguir. Allí no hay sometimiento, no hay expectativas. Tanto si el niño siguiese medicina, como si siguiese otro camino está siendo legitimado. Están en el amar.
2do caso: Puede ser que un papá sea medico y por tradición familiar o por lo que los padres creen que es conveniente para el futuro del niño, lo hostiguen (premios y/o castigos) para que siga medicina (y no otra carrera). Aquí hay expectativas, presión, exigencia, y sometimiento. Aún cuando los padres quieren a su niño, están en el desamor.

Cuando en la niñez convivimos en la repetición de interrelaciones de desamor, comenzamos a armar una apariencia para ser aceptados y respetados por un mundo que nos niega, y nos exige resultados. Claro que padres, hermanos, maestros, etc. nos pueden querer muchísimo, pero no son concientes de esta negación. Y porque hemos vivido y vivimos en el amor, es que nos duele y lastima el desamor.
¿Cómo se siente una niñita cuando su abuela le exige hacer el bailecito que aprendió en el preescolar, a cambio de chocolate? ¿Qué siente el niñito que ensucio su pantaloncito nuevo, y el adulto ofendido le pone distancia corporal? ¿Qué ocurre con los niños cuando a causa del nacimiento de un hermanito, los padres le dicen “ahora ya eres grandecito, tenemos que ocuparnos de tu hermanito”?
No nacemos con apariencia, ni con culpa, ni con vergüenza, ocurren como fenómenos culturales, fundados en el desamor.

Cuando crecemos en la coexistencia con desamor, surge la necesidad de fabricar una apariencia, sustentada en la emocional de la exigencia y del control, en el rendimiento de examen constante.

Cuando el reflejo es mas importante que el reflejado
En este contexto relacional, ya como adultos, cuando no cumplimos nuestras expectativas surge la culpa, como el castigo aprendido. Nuestra corporalidad se estrecha y restringimos nuestro mundo de posibilidades. Sufrimos para compensan la supuesta falta cometida.
Caminamos por la calle y golpeamos a alguien sin intención… aparece la culpa. Le gritamos a alguien que queremos y luego… sentimos culpa. No logramos los objetivos propuestos y… sentimos culpa.
Ahora ¿A qué me comprometo con la culpa? La falacia es justificar la culpa, como una preocupación por el otro. No es un compromiso con el otro, en el sentido de responsabilizarme por lo que hice (o no hice). El compromiso en la culpa está con preservar la apariencia que creo tienen de mí. El compromiso de la culpa está basado en el miedo… el miedo a perder la imagen y no ser querido. La culpa es un culto al ego. Así vivimos en la creencia de que hacerme daño, equilibra el daño que hice. La culpa es un auto flagelo, para manipular las emociones del otro, y proteger mi imagen.

En está manera de convivir, emerge el arquetipo de la “victima” o el mártir. La victima o mártir en última instancia busca la aprobación, el reconocimiento, el amor que no sabe generar. Y nunca lo va a poder generar mientras opere desde la apariencia, porque la emocionalidad reinante es la de la inautenticidad, donde él mismo se está negando.
La victima se ingenia métodos de “mea culpa” para que los otros la consuelen por tanto sufrimiento. El otro termina diciendo: “hey no es para tanto”, “está todo bien”, “todos cometemos errores” “sabes que igual que te quiero”.

Cada vez que identifico culpa en mí, no estoy auténticamente preocupándome por el otro, ni respetándome, sino que estoy preocupándome por la apariencia.
Cada cultura tiene cánones de comportamiento morales sujetos a una realidad objetiva, que nos dice que está bien, que está mal. Por eso hasta sentimos culpa (sufrimiento), por tener éxito, por fracasar, por tener dinero, por no tener dinero, o inclusive sentimos culpa por amar. Tanto si soy el que siente la culpa, como si culpo a otro, nos basamos en la expectativa de una conducta que se adecue a como tienen que ser las cosas, según una verdad metafísica, que existe con independencia de nuestro vivir.

¿Por qué un molino de viento gira?
En este punto considero relevante traer la distinción sobre el observador. Cada uno de nosotros es un observador que observa, escucha y siente desde si mismo. No hay un saber que este fuera de la experiencia. Conocemos lo que conocemos desde nosotros mismos. Ante un mismo hecho, ocurren diferentes observaciones, de diferentes observadores.
Como me escribió hace unos días Ximena Davila: “somos dominios disjuntos”. La experiencia de cada uno le pertenece a cada uno. Es desde la cultura centrada en la verdad objetiva, que nos arrogamos ser causa de lo que le sucede a los otros. Las otras personas tienen su propia dinámica cerrada y determinada en su propia estructura. Aún cuando compartimos una misma organización biológica, cada observador es una estructura diferente, que se configura así mismo en la historia de cada uno, es decir en las experiencias del vivir y el convivir. Dicho en otras palabras, lo que yo haga, gatilla en el otro un proceso que es propio del otro, y no de mi hacer. Mi hacer no determina lo que ocurre con el otro, es la estructura del otro lo que determina su propio suceder. Lo que me ocurre a mí no es consecuencia del mundo (los otros, lo otro), sino que yo traigo un mundo a la mano, desde mi propio observar y hacer.
¿Por qué un molino de viento gira?...¿Por el viento? Si fuese por el viento, también un silo (contenedor de granos) giraría. El molino de viento se mueve porque su estructura se acopla con el viento de tal manera que surge el girar. No es el viento el culpable de que el molino se mueva. El molino es responsable de su girar. Como cada ser humano es responsable de su vivir y el entorno que crea con ese vivir. Esto nada tiene que ver con la culpa.


Girar la mirada
Sin embargo un molino puede girar en si mismo, pero al no ser un ser vivo, no puede autogenerarse. Y al no ser humano, no puede reflexionar, porque no puede vivir en la emoción del amar, ni en el lenguaje. Ambos, el amar y el lenguaje, constituyen lo humano y nos permite preguntarnos por nosotros mismos, y preguntarnos por nuestro hacer. Somos el único animal que se pregunta por su “ser” y su “hacer”, girando la mirada hacia como vivimos, y como convivimos.

Cuando como observador, reflexiono sobre mí observar como un vivir que me pertenece a mí, sin verdades objetivas, entonces la culpa no tiene lugar. Surge la responsabilidad como un hacerme cargo de: 1) lo que quiero, 2) mis acciones 3) las consecuencias de mis acciones. Así podemos tomar acción reparadora si mi error daño a otro, en la confianza de reflexionar juntos acerca de lo sucedido.

En este modo de vivir y cohabitar en la reflexión, no hay compromiso con la apariencia, no hay emocionalidad de exigencia, control, evaluación. No hay corporalidad estrecha. Aquí configuramos un mundo centrado en el respeto por las preferencias y deseos de cada uno. Nos comprometemos con la relación y los proyectos conjuntos, soltando el apego a la imagen, en la confianza de ser vistos y respetados por nuestra singularidad, aún cuando muchas veces implique transitar el dolor. El respeto fundamentado en el amar, no es ser condescendiente, ni reverente, el respeto es mantenerme en el centro de uno mismo, en la autenticidad, legitimando el vivir del otro, aún cuando no sea un vivir deseable.

¡Trágame tierra!
La vergüenza tiene la misma fuente que la culpa. Su origen, desarrollo y conservación, está sustentada en el desamor. La vergüenza la distingo como una dinámica corporal que establece el limite de mi accionar. La vergüenza la puedo observar como una evidente contracción corporal que me limita para expresarme desde el respeto por mis deseos, preferencias e inquietudes. Cuando digo estar en la vergüenza, no puedo decir todo lo pienso, no puedo hacer todo lo que deseo, no puedo elegir libremente desde lo que prefiero, no me permito conversar sobre todo lo que me inquieta

Si nos observamos en la vergüenza, veremos que nuestra corporalidad cambia. Quizás nos sonrojamos, se contraen algunos músculos, la respiración se acelera, se irriga más sangre a las extremidades, el cerebro recibe menos oxigeno, aparece una transpiración extraordinaria, etc. Cuando estamos en la vergüenza, hay una “sensación” de “trágame tierra”, como si no quisiese estar en el presente que estoy. Es rehusar la experiencia que estoy experimentando, es negar la legitimidad de mi vivir en ese momento. La vergüenza la distingo como la disposición corporal que ocurre en la auto-negación, y la negación de reconocer cada experiencia como legitima. Limita la espontaneidad, y la posibilidad de vivir en el placer de hacer lo que se haga.

El vivir mágico
En el decir de Humberto Maturana, no podemos distinguir entre percepción e ilusión. (*) Por ejemplo: si recibo un llamado telefónico de una cliente y la confundo con mi pareja, le hablaré como si fuese ella. Cuando me doy cuenta del error, aparece la vergüenza. Tuve una experiencia (la de hablar con mi pareja) y luego la experiencia se quiebra con otra experiencia, que me hace caer en la cuenta de mi error. La descripción de ese error, y darme cuenta que estaba viviendo una ilusión, ocurre “siempre” luego de la experiencia que describiré como ilusoria.
Pero mientras hablaba por teléfono, yo le estaba hablando a mi pareja. Mi emocionalidad era la de hablar con ella, la corporalidad adoptada era la coherente con esa ocasión. Sólo al rato, en la comparación de esa experiencia con otra que me revela mi error, puedo decir que hubo un error. El error o equivocación no puede ser reconocido como tal en la experiencia. Error es una explicación a posteriori de la experiencia. No sabemos cuando nos estamos equivocando. Si lo supiéremos no sería una equivocación, sería mentir. Por eso cada experiencia es legítima en sí. No sabemos cuando algo es una ilusión, sino no sería una ilusión. Lo sabemos en el contraste de una experiencia con otra, en presentes diferentes.
Los magos son profesionales del ilusionismo. Esos son eventos extraordinarios de ilusión diseñada. Pero la ilusión espontanea es parte de nuestro vivir ordinario, es parte del fenómeno del conocer. El vivir es mágico, y los errores son parte de esa mágia.

La culpa es una experiencia que surge luego del acontecer. Por ejemplo, le grito a mi hijo, y luego siento culpa. En el gritar no hay error, el error surge en la explicación que hago luego. De esta distinción surge la liviandad, como la emocionalidad contraria a la pesadez. Darme permiso a equivocarme, es hacerme cargo de vivir la vida en la responsabilidad, sin quedarme en las explicación limitadoras de la culpa o vergüenza.

Con la vergüenza también pasa este fenómeno como en el ejemplo del llamado telefónico: hablo por teléfono, me doy cuenta de la equivocación y siento vergüenza. Sin embargo la vergüenza surge también como una pre-disposición corporal, viviendo la experiencia de predecir la posibilidad de perder nuestra apariencia si hago (o no hago) tal o cual acción. Es decir, vivimos una experiencia que aún no ocurrió, centrándonos en la posibilidad del rechazo, como por ejemplo el miedo al ridículo y el miedo al fracaso. ¿Qué hay de malo en mostrarme diferente a lo que creo se espera de mí? o ¿Qué hay de malo en no lograr lo que esperan de mí? En rigor, no hay nada de malo. Lo que hay es la amenaza de no ser visto, no ser escuchado, no ser tenido en cuenta, o no ser reconocido, en fin… no ser amado.

En la vergüenza como una experiencia antes del acontecer, tampoco podemos distinguir entre ilusión y percepción. Sólo puedo distinguir si era o no una ilusión, en la comparación de lo que creía iba a pasar si accionaba, y lo que finalmente experimente mientras lo hacia. Por ejemplo, puedo creer que voy a hacer el ridículo invitando a salir a la mujer que me gusta. ¿Cómo saber si era una ilusión o una percepción? Sólo puedo saberlo al hacerlo: Invitando a salir a la mujer que tanto me gusta.

El inconveniente radica en que la vergüenza es la disposición corporal que limita la acción de aquello que puede perjurar mi apariencia, por eso mismo, no acciono, y nunca podré saber si era o no una ilusión. En el paradigma de la verdad objetiva, no nos preguntamos por la “ilusión y la percepción” dado que el presupuesto básico es que percibimos la realidad, y encontramos la verdad en el buen razonar, en el sentido común. Por eso no cuestionamos nuestra manera de observar, y la reflexión no es posible.

Siguiendo el ejemplo de cortejar a la mujer que me gusta, simplemente, no lo haré. Desde la emocionalidad de la vergüenza, fundada en el rechazo, no la invito a salir. Los argumentos racionales siempre están fundados en premisas emocionales. Por lo tanto argumentaré racionalmente que no es para mí, que en realidad no me gusta tanto, que mejor no poner en riesgo la amistad que tenemos, mutilando mis deseos y negándome a mi mismo. Nunca sabré que hubiese pasado si la invitaba a salir, aunque me convenceré a mi mismo de hacer lo correcto, sosteniendo limpia mi apariencia, y salvaguardando el ego.


Reflexión
En conclusión vivir la culpa y la vergüenza son manifestaciones del desamor, de la apariencia, del paradigma centrado en la realidad objetiva.
La apariencia, y el ego ocurren en la acción, no son componentes de nuestra biología. El ego es una manera de conducirse, centrado en el compromiso de construir un enfoque de mi identidad que debo sostener para que los demás me respeten y me quieran.
Sujetar el ego es una tensión constante, que me niega, y es fuente de sufrimiento. Por otro lado, si logro que me quieran y me respeten por lo que aparento, estoy atrapado en la auto desvalorización, y un engaño para los otros y para mí.
Cuanto más me compren por mi apariencia, más energía tengo que poner para mantenerla, más culpa, más vergüenza, más pesadumbre, más distancia entre la que quiero y lo que hago. A veces, siguiendo las coherencias del vivir en el aparentar, puedo creerme que soy mi apariencia, agregando la emocionalidad de la resignación y resentimiento. Resignación expresada en conversaciones del estilo:“esto es lo que soy, es lo que me tocó, no hay nada que pueda hacer”. Resentimiento constituido en la queja, la injusticia, la venganza, y el enojo reprimido hacia otro, el mundo y/o la vida.

¿Cómo me corro de la vergüenza y la culpa? Sin enojarme por comportarme de esa manera. Si me exijo no sentir más culpa y vergüenza, estoy en el mismo paradigma que le dio origen, reforzando aquello que quiero disolver.
No es un proceso racional, es un proceso en el cual vamos reconfigurando nuestra emocionalidad de base, en la reflexión y la conversación. Reflexión sobre las certidumbres a las que estamos apegados, reflexión sobre que “querer” queremos para nosotros, reflexión sobre que queremos conservar y que queremos transformar de nuestra manera de relacionarnos con los otros, reflexión sobre que compromiso queremos elegir para construir el mundo que queremos traer con nuestro hacer.

Un gran cariño
Fernando Sáenz Ford

(*) Emoción y Lenguaje en Educación y Política – JC Sáez -1990

5 comentarios:

Ray Dalton dijo...

Hola Fernando.

En primer lugar envío mis más cordiales saludos. Leyendo las reflexiones me encontré pensando si la culpa y la vergüenza necesariamente provienen del desamor o si son constructos y competencias humanas apropiables por el desamor o por el amor. Es decir ¿Existe la culpa amorosa? ¿Existe la vergüenza amorosa? La vergüenza, siendo la capacidad para experimentar un límite (entre conversación privada y pública, donde termina o hasta donde alcanzan las competencias propias y como una timidez indicadora de disponibilidad elegida) puede entonces manifestar y custodiar el amor, inclusive frente al desamor La culpa, siendo predisposición para una conversación que evalua posibilidades desde la responsabilidad, puede estar a disposición de una humildad que marca con firmeza y amorosidad los logros y los errores. Es interesante explorar con alguien cuando se siente bien después de o frente a ciertas opciones o posibilidades. Es decir la culpa es también la capacidad para apropiar con alegría algo “bien hecho”. La vergüenza, si no ha sido secuestrada por las distintas caras del desamor, puede apropiarnos pasos amorosos hacia posibilidades nuevas. Son comentarios, pensando en voz alta.

Un abrazo grande Fernando y mejores saludos.

Ray Dalton

Anónimo dijo...

Fernando: muchas gracias por tu contestación. Superan mis espectativas y que me ha generado algunas preguntas
Saludos
Eugenio Gavez

Mónica Leguizamón dijo...

Hola Fer,

Es una alegría leerte y que abras este espacio de conexión!

Me quedo reflexionando lo que leí , me hace sentido sobre todo el VERBO amar ,la indagación sobre los pre-supuestos que están detrás de todo lo que hacemos y el enorme caudal de posibilidades que se abren cuando podemos observarlos.

Me encantó verte ayer, como te dije , te ví más luminoso...y eso que hay cortes de energía! ;-)

Sigamos en contacto!
Un beso, Moni

Catalina Peláez dijo...

Después de leer todos tus artículos, especialmente este, digo AOUCH! (culpa)y seguro me sonrojé (vergüenza)por todo lo que me falta por crecer. Me resultó confrontador y pude "girar la mirada", para comprender mejor que soy creadora de mi propia realidad. Me llevo en el corazón el ejemplo del Molino, bastante claro y gráfico.
Reflexiono sobre el contexto social, y me doy cuenta que es todo un proceso lograr "despojarme" de mandatos y creencias... Ahora mismo me digo: "el Ego te permite recorrer el camino del crecimiento". Así que suelto la exigencia de querer aplicar ¡ya! tus 12 puntos para la convivencia y me quedo con la propuesta de tomar conciencia y empezar a actuar.
Gracias por compartir tus vivencias e ideas.

Anónimo dijo...

Hola Fernando. felicitaciones por tu mirada y tu compartir. siento que muchos colegas tienen muchisimo que aprender de ti, empezando por mi mismo.
gracias
Pablo Ramirez